Una vez le escuché a Ignacio Valente que la obra Hesse “envejecía mal”. Que de joven se leía a Hesse con fervor, pero que a medida que pasaba el tiempo sus libros se iban quedando en los anaqueles de libros para “adolescentes”. El comentario me pareció en ese entonces verdadero. Habían pasado por mis manos algunas de sus novelas -quizá las más famosas- de corte iniciático, esas en que el joven protagonista se va descubriendo a sí mismo y a la realidad, y en donde el panteísmo se asume como solución a las contradicciones internas a esta realidad, y me había dado también esa impresión. Hesse quedaba como un buen narrador, pero demasiado ampuloso y pretencioso. Los párrafos estéticos de “Narciso y Goldmundo” me parecían cargantes, al igual que la historia del fatídico Demian o el descubrimiento sapiencial de Siddharta. Me sentía viejo leyendo ese tipo de cosas. Sin embargo, también por ese entonces leí una novela llamada Roßhalde y conocí a otro Hesse, un Hesse más reposado, más novelista y menos teosofista, y me gustó bastante. Hesse quedó entonces como un narrador de muchas facetas.
Algunos años después vuelvo a releer Roßhalde, y el resultado es aún mejor: me parece que esta novela es extraordinaria. Escrita en 1914, Roßhalde es una novela corta (170 páginas) que describe la vida de un pintor famoso, Johann Veraguth, que vive retirado en su quinta de recreo, llamada Roßhalde. Su amarga experiencia del matrimonio lo ha hecho recluirse en su taller, lejos de su mujer y su pequeño hijo Pierre, que constituye su única alegría y su única conexión con el mundo. Su vida transcurre así, lenta y en sordina, entre el mundo de la pintura, su hijo Pierre, y el entorno natural de la quinta. Este frágil equilibrio se rompe cuando de improviso llega a visitarlo su único amigo que vive en la India (¿cómo iba a faltar la mención a Oriente?). La visita del amigo viene a remover una serie de heridas latentes que hacen que el pintor encare con más entereza su propia vida y su propia historia. Todo sucede en Roßhalde, una quinta -todo parece indicar que en Suiza- llena de lugares melancólicos, jardines y bancales que Hesse sabe describir con mucha sensibilidad. (Roßhalde se me hace una de esas casas de campo de la zona central hoy abandonadas, cuyos antiguos parques descuidados esconden rincones que evocan a ratos sosiego y a ratos inquietud). Roßhalde es el escenario y a la vez el protagonista de esta novela sencilla, que nos inserta con maestría y sin pretensión en la ascesis del artista, el mundo irracional de los niños, los rincones invisibles de los jardines. Una faceta de Hesse que vale la pena conocer.
Elías Lestrade


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